9.1
A simple vista la etapa inicial de David Bowie puede parecer repelentemente intelectual, y de hecho lo es, pero es por joyas como Hunky Dory que el "Duque Blanco" tiene asegurado el trono en la historia del arte musical. Arte contemporáneo, tanto para 1971 como para 2015, eso es Hunky Dory, un mix emocional de quien abandona la infancia para adentrarse en la juventud. Con la pátina del tiempo en su sonido deliberadamente incrustada, este clásico se sabía tal cosa antes incluso de ser publicado. Bowie era consciente de la magistral reflexión sobre lo confuso del crecimiento en, por ejemplo, la indeleble Changes o la triste Oh! You Pretty Things, donde poco a poco nos damos cuenta de que el inocente juego de la vida se ha vuelto agobiantemente serio. Empezamos a preocuparnos por cosas que ni sabíamos que existian (Quicksand) mientras el reloj avanza incesante, testigo de lo absurdo que, detenidamente analizada, resulta la existencia humana (Eight Line Poem, Life On Mars?).
Es entonces cuando nos negamos a continuar este sendero, queremos dar media vuelta y volver a nuestra zona de comfort, como en Kooks, pero eventualmente nos veremos forzados a bajar de nuevo a la realidad. Buscaremos alivio en temas mundanos como las mujeres o la cultura, pero los quebraderos de cabeza no duraran en volver cuando nos demos cuenta de lo peligrosas que son a veces las mujeres (Queen Bitch) o de lo enrevesado y ridículamente sibarita del mundo del arte (A Song For Bob Dylan, Andy Warhol).
Al final, ¿era evidente, no? Los mejores momentos llegan de la mano de nuestros amigos, y coqueteando con las drogas como no podía ser de otra forma en esta edad de búsqueda de nuevas experiencias (Fill Your Heart, The Bewlay Brothers), liberamos la mente y dejamos el tiempo correr sin darle mayor importancia de la que realmente tiene, que es ninguna.

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